El próximo mes de abril se aprobará el tercer informe global sobre el cambio climático que la comunidad científica, IPCC, ha preparado para los gobiernos. De su contenido han trascendido los siguientes datos contundentes: Ahora está considerablemente más claro que en 1995 –fecha de aprobación del segundo informe–, que la adición de gases invernadero a la atmósfera por la humanidad, la mayor parte de la cual se produce por la quema de combustibles fósiles, está cambiando el clima mundial. Las tendencias del siglo XX de aumento de temperatura, subida del nivel del mar y mayor precipitación, continuarán y se intensificarán en el siglo XXI. El aumento de temperatura previsto para este siglo ha pasado de un rango de 1-3,5 ºC, en el segundo informe, a 1,5-6 ºC. El rango previsto de subida global del nivel del mar está ahora entre 14 y 80cm., con una estimación intermedia de alrededor de medio metro. Es probable que haya un aumento de sucesos meteorológicos extremos, como olas de calor, mayores precipitaciones que dan lugar a inundaciones, temperaturas mínimas más altas y menos días fríos. Los glaciares y los hielos polares van a continuar fundiéndose, y seguirá la disminución de la cubierta de nieve y hielo del hemisferio Norte. El cambio climático persistirá durante muchos siglos, debido a la larga vida de los gases invernadero en la atmósfera y al mucho tiempo requerido para la transferencia de calor de la atmósfera a los océanos profundos; incluso con una actuación rápida para reducir las emisiones, los efectos de nuestra actividad actual se sentirán durante cientos de años. Aunque no se espera que ocurra en este siglo, las tasas de incremento de emisiones de gases invernadero pueden forzar una eventual fusión de la cubierta de hielo de Groenlandia y/o de la Capa de Hielo de la Antártida Occidental, cualquiera de las cuales podrían añadir unos 6 metros al nivel global del mar con efectos catastróficos. negociaciones en La Haya  El informe de los científicos adquiere una mayor urgencia a la luz del fracaso de las negociaciones de La Haya en noviembre de 2000. Allí, los gobiernos se reunieron para concretar cómo aplicar el Protocolo de Kyoto que, aprobado en 1997, es el primer acuerdo internacional que fija objetivos concretos, de obligatorio cumplimiento, para la reducción de emisiones de los gases que provocan el cambio climático. Para el conjunto de los países oficialmente “desarrollados” –entre los que se incluyen los del antiguo bloque soviético–, el Protocolo obliga a reducir las emisiones en un promedio del 5,2% para el periodo 2008/2012 respecto a 1990. Este objetivo es en sí mismo insuficiente pero, si ni siquiera se llega a cumplir, podemos abandonar toda esperanza de que la humanidad sea capaz de poner freno al inexorable calentamiento global que hemos puesto en marcha.
Las proyecciones oficiales para el año 2010 indican que las emisiones de los países “desarrollados” podrían estar un 8% por encima de las de 1990, si no se hace nada para cumplir el Protocolo de Kyoto, y en el caso de los países de la OCDE las previsiones apuntan a un incremento del 16%. En La Haya se tenían que fijar los llamados “mecanismos de flexibilidad”, que esconden peligrosas trampas, auténticos agujeros por los que los países contaminadores pretenden escaparse sin hacer nada para reducir su contribución real al problema. Las trampas consisten en contabilizar cualquier cosa que permita a los países más contaminadores –con EEUU a la cabeza, pero también los europeos estamos entre ellos– decir que ya se ha cumplido con el Protocolo sin tener que reducir las emisiones originadas en la quema de petróleo, carbón y gas. De este modo, se pretenden contabilizar cosas como: el CO2 absorbido por la vegetación, las medidas que tomen los países en vías de desarrollo financiadas por los países desarrollados, o los “derechos de emisión” comprados a los países del Este. O todo a la vez. Con esas trampas el resultado sería un aumento de emisiones muy similar a ese 8% al que se llegaría sin hacer nada (¡qué casualidad!).
No hubo acuerdo y la reunión se suspendió. Se retomará en mayo, cuando el informe científico antes mencionado ya estará aprobado. El objetivo de Greenpeace es asegurar la integridad ambiental del Protocolo de Kyoto, y que se ratifique por un número suficiente de países, con o sin EEUU, de modo que entre en vigor para el 2002. Para ello es necesaria una seria atención de la opinión pública para forzar a los gobiernos a negociar reducciones reales de las emisiones de gases invernadero y a tomar las decisiones necesarias para transformar la economía mundial, de forma que ésta pase de estar basada en combustibles fósiles a un futuro de energía renovable y eficiencia energética. Sólo de esta manera podemos evitar los escenarios de calentamiento predichos por los científicos u otros peores.